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La Dama Erudita

Moda

Cómo leer una etiqueta — la composición manda

Hay una etiqueta cosida en la costura del costado de casi todo lo que te pruebas, y es el único texto de la tienda que no está escrito para venderte nada.

El escaparate quiere convencerte. El precio quiere posicionarte. La dependienta, con la mejor voluntad del mundo, quiere que te lo lleves.

La etiqueta de composición solo declara. Está ahí porque el Reglamento (UE) nº 1007/2011, en su versión consolidada, obliga a decir de qué fibras está hecho un producto textil, y esa obligación es, sin pretenderlo, la mejor herramienta de compra que tienes.

Es gratis y casi nadie la usa.

Lo que la etiqueta está obligada a decir

Menos de lo que se supone, y en un orden que importa. El reglamento pide la denominación y el porcentaje en peso de todas las fibras en orden decreciente (artículo 9). De ahí sale la única regla de lectura que hace falta: lo primero que aparece es lo que más pesa. Ese orden no es tipografía: es una obligación legal.

Pide además que esas denominaciones salgan de una lista cerrada y que no se usen para nada más, «ya sea por sí solas o como raíz o adjetivo» (artículo 5 y anexo I). Por eso en una composición no leerás nunca lycra ni lambswool: la fibra elástica se llama elastano y el cachemir figura como «cachemira». Merino es una raza de oveja y lambswool una palabra de catálogo. La marca comercial, en cambio, puede ir justo antes o justo después de la composición: ahí se cuela lo que suena a calidad sin serlo.

De ahí en adelante la norma es más holgada de lo que parece. Cuatro tolerancias, todas legales, ninguna evidente para quien lee una etiqueta de pie en un probador:

  • «100 %», «puro» y «todo» solo caben cuando hay una sola fibra, pero el artículo 7 deja pasar hasta un 2 % de fibras extrañas, y hasta un 5 % si la prenda se ha cardado.
  • Una fibra que no llegue al 5 % del peso, o varias que juntas no lleguen al 15 %, pueden quedarse detrás de la mención «otras fibras» (artículo 9, apartado 2). Es la única línea de la etiqueta que existe para no decir nada.
  • Entre lo declarado y lo que sale del análisis se admite una tolerancia de fabricación de tres puntos (artículo 20). Un 5 % de elastano impreso puede ser un 2 % o un 8 % en la prenda que te llevas.
  • Las fibras visibles puestas ahí para decorar, hasta un 7 % del peso, y las metálicas antiestáticas, hasta un 2 %, no se cuentan (artículo 10). El hilo que ves brillar puede no existir a efectos legales.

No es un fraude: son márgenes para que una hilatura pueda declararse sin mentir. Pero cambian cómo se lee un número pequeño.

Lo que la etiqueta no está obligada a decir

A este reglamento se le atribuyen tres cosas que no hace, y las tres importan.

Los símbolos de lavado no son suyos. Esa fila de dibujos está normalizada en la ISO 3758, y los símbolos son marcas registradas de GINETEX, una asociación privada: usarlos exige un contrato de licencia con la organización nacional, que en España es GINETEX Spain. Ponerlos es voluntario. El Real Decreto 928/1987 los llama, literalmente, indicaciones «facultativas». La composición es una obligación; el cuidado, una cortesía del fabricante.

El país de origen tampoco. Ninguna norma europea de etiquetado textil obliga a declararlo: el reglamento solo previó un informe sobre la posibilidad (artículo 24). Cuando el «made in» aparece, no aparece porque esta norma lo exija.

Y la calidad, menos aún. El objeto de la norma son las denominaciones de las fibras y el etiquetado de la composición (artículo 1), y ni una línea sobre cuánto va a durar la prenda. Tengo jerséis de lana más antiguos que la mayoría de las marcas que hoy me venden jerséis de lana, y esa es toda la autoridad que puedo alegar aquí: la etiqueta que llevan cosida dentro no explica por qué siguen puestos.

Esto no lo va a poner ninguna etiqueta, así que lo pongo yo: el jersey caro y el jersey barato de la misma tienda pueden llevar exactamente la misma composición, y la etiqueta no los distingue. Lo que pagas de más no está ahí, y quien te sugiera que sí está te está vendiendo una palabra. «Premium», «tejido noble», «calidad superior» no las regula nadie. La única palabra de prestigio con definición legal es «lana virgen» —o «lana de esquilado»—: exige lana que no se haya incorporado antes a un producto acabado y, en una mezcla, que esa lana sea al menos el 25 % del peso (artículo 8 y anexo III). Esa sí es información. El resto del vocabulario de tienda es decoración.

Lo que aporta cada fibra

No hay fibras buenas y fibras malas. Hay fibras que hacen una cosa u otra, y prendas en las que esa cosa es la que necesitas o no lo es. Lo que nos han vendido como jerarquía —lo noble arriba, lo sintético abajo— es una comodidad de escaparate, no una propiedad de las fibras.

Lana. Regula la temperatura, se arruga poco y recupera la forma. Es la fibra que hace que un abrigo sea un abrigo y no una funda. Y sobre el picor hay un dato que merece entrar en la tienda: una revisión publicada en Acta Dermato-Venereologica concluye que la irritación cutánea por lana depende del diámetro de la fibra, a partir de unos 30–32 µm, que la evidencia no sostiene que la fibra de lana sea un alérgeno, y que la merino superfina y ultrafina se tolera bien. Si un jersey te pica, es grosor de fibra. No es alergia y no es que tengas la piel rara.

Cachemira. Cálida, ligerísima y la que peor perdona un hilo mal hecho. La fibra es fina y corta: si hará bolitas al segundo mes no lo decide el porcentaje de la etiqueta, sino la torsión del hilo y la densidad del punto. Y eso no se declara.

Lino. Fresco, resistente, y se arruga —eso no es un defecto, es lo que es—. Mejora con los años y con los lavados. En España, en México, en Argentina en enero, es la respuesta correcta.

Algodón. Cómodo, lavable, transpirable. Poco elástico, así que en pantalón puro hace rodilleras. En camisa y en punto de calidad es difícil de mejorar.

Seda. Cae, brilla, es fresca. Delicada con el sudor, con los desodorantes y con el sol: la fibra que peor envejece junto a una ventana.

Viscosa, modal, lyocell y cupro. La etiqueta las pone una junto a otra como si fueran intercambiables. Las cuatro son celulosa regenerada: ni sintéticas ni naturales como lo es el algodón, se fabrican. Caen maravillosamente, y ahí acaba lo que tienen en común. La diferencia está en el agua: según una revisión del proceso lyocell publicada en BioResources, la viscosa conserva mojada entre el 50 % y el 55 % de su resistencia, y el lyocell entre el 60 % y el 80 %. Deformarse y encoger es un problema distinto del de la resistencia, y a la viscosa le pasan los dos. El modal es una viscosa modificada precisamente para aguantar mejor mojada. En la etiqueta parecen primas. En la lavadora no lo son.

Poliéster. No se arruga, seca rápido, no encoge y es barato. En un forro es sensato; en una camisa de verano es un error que vas a notar a las tres de la tarde. Y retiene el olor: un trabajo del International Journal of Clothing Science and Technology comparó punto de algodón y de poliéster tras varios ciclos de uso y encontró el olor axilar más intenso en el poliéster, antes y después de lavarlo, porque el lavado no le retira igual de bien los ácidos carboxílicos. Si una camiseta huele el segundo día por muy bien que la laves, no es una manía: es la superficie de la fibra.

Poliamida. La que menos se habla y más llevas puesta: medias, forros, cinturillas. Aguanta el roce, que es lo que se le pide en una manga. Lo que casi todos llaman nailon.

Elastano. El anexo I lo define como fibra elastómera con al menos un 85 % de poliuretano segmentado; en la tienda se le sigue llamando lycra, que es una marca y no una fibra. Un poco es de lo más útil que se le ha añadido a la ropa de diario: hace que un pantalón se siente bien y vuelva a su sitio. Mi regla, que es mía y no de ninguna norma: entre un 2 % y un 5 % en un vaquero o en un pantalón de punto; en una prenda estructurada, que tiene que sostener una forma por sí misma, cuanto menos, mejor.

Acrílico. Imita a la lana: da calor, es barato, hace bolitas pronto y no envejece bien. En un jersey que quieres tener cinco años, no. En una manta de sofá, perfectamente.

La mezcla dice más que la fibra

Una etiqueta rara vez pone una sola cosa, y ahí es donde hay que leer con criterio en lugar de con prejuicio.

Mezclas que suelen tener sentido:

  • Lana con un poco de elastano en un pantalón de vestir: cae como lana y no hace rodilleras.
  • Algodón con un poco de elastano en un vaquero o una camisa entallada.
  • Lino con algodón: se arruga menos que el lino puro y sigue siendo fresco.
  • Lana con seda o con cachemira en una chaqueta: tacto y caída sin perder estructura.

Mezclas ante las que yo miraría dos veces:

  • Lana con un porcentaje alto de acrílico o de poliéster en un jersey. El precio baja y la vida útil también.
  • Viscosa sola en una prenda que vas a lavar cada semana.
  • Cualquier cosa en la que el sintético supere a la fibra que el escaparate anunciaba. Si se vende como «de lino» y la etiqueta dice 70 % poliéster y 30 % lino —en ese orden, porque el orden lo impone la norma—, la etiqueta gana.

Ese último caso es el más frecuente y el más caro. El precio te dice lo que alguien quiere cobrarte; la composición te dice lo que te llevas.

Los treinta segundos que decides en la tienda

  1. Busca la etiqueta antes que el espejo. Antes de encariñarte. La norma exige que sea duradera, legible, visible y de fácil acceso, y en la lengua del país donde se vende (artículos 14 y 16).
  2. Lee el primer nombre. Es la fibra mayoritaria, y lo es por obligación legal. Lo que viene detrás la matiza.
  3. Pregunta qué le pides. ¿Que abrigue? ¿Que sea fresca? ¿Que aguante ocho horas sentada? Un vestido de viscosa para una boda de julio es una decisión sensata. Un abrigo de acrílico para diez inviernos, no.
  4. Mira los símbolos de lavado, si están. Al no ser obligatorios, su ausencia no dice nada; su presencia sí. «Limpieza en seco» en una blusa de cada semana es un coste recurrente que no está en la etiqueta del precio.
  5. Toca la costura interior y mira cuánta tela sobra dentro. Costuras rematadas, sin hilos sueltos, bordes rematados en vez de cortados a tijera. Ese margen decide si la prenda se podrá ajustar después en un taller, y de eso me ocupo aparte.

Por qué la composición no es la calidad

Sería deshonesto vender esto como un sistema completo. Dos jerséis de 100 % lana pueden ser uno excelente y uno mediocre, según la longitud de la fibra, la torsión del hilo, la densidad del punto y el remate. Nada de eso se declara.

Se toca, se estira y se mira al trasluz. Y hay una prueba doméstica que vale por muchas: arruga un pico de la tela con el puño durante cinco segundos y suéltalo. Lo que hagan esas arrugas al abrirse dice más sobre cómo se verá la prenda al final del día que cualquier cosa del cartel.

Lo que la fibra sí decide, y para siempre, es la caída: ningún taller la cambia. Y cuando una prenda pasa estas pruebas, la pregunta ya no es de tienda: es si entra en un armario que se sostiene solo, y esa cuenta la hago allí.

Preguntas frecuentes

¿Natural siempre es mejor que sintético? No. Un forro de poliéster desliza mejor que uno de algodón, y un impermeable de algodón no es impermeable. La pregunta no es qué fibra es más noble, sino qué tiene que hacer esta prenda.

¿La viscosa es de mala calidad? No por definición. Tiene una caída difícil de igualar y una debilidad medida: el agua. A mano o en frío, sin centrifugado fuerte, y te dará años.

¿Qué porcentaje de elastano es demasiado? Ninguna norma lo dice, así que lo que sigue es criterio mío: en vaquero y en punto, hasta un 5 % me parece deseable; en una prenda que tiene que sostener su forma, cuanto menos, mejor. Con tres puntos de tolerancia por medio, la cifra impresa es orientativa.

¿Merece la pena pagar más por lana buena? Si la vas a usar muchas veces, casi siempre —pero esa cuenta no la hace la etiqueta, ni la hago aquí. El precio por uso es aritmética del armario entero, no de una prenda suelta.

¿Y si la etiqueta está cortada o ilegible? Una prenda nueva con la composición ilegible no cumple lo que la norma pide: es un defecto, no un detalle de diseño. Y decides a ciegas. En segunda mano compensa a veces; a precio nuevo, no.


Fuentes

  • Reglamento (UE) nº 1007/2011 del Parlamento Europeo y del Consejo, de 27 de septiembre de 2011, relativo a las denominaciones de las fibras textiles y al etiquetado y marcado de la composición en fibras de los productos textiles — versión consolidada de 15 de febrero de 2018, en EUR-Lex. Texto original publicado en el DOUE de 18 de octubre de 2011: copia en el BOE.
  • Real Decreto 928/1987, de 5 de junio, relativo al etiquetado de composición de los productos textiles — texto consolidado en el BOE. Su artículo 6 califica los «símbolos de conservación» de indicación facultativa.
  • GINETEX Spain — etiquetado de conservación de los productos textiles (los símbolos están normalizados en la ISO 3758 y son marcas registradas) y preguntas frecuentes sobre licencias (para usarlos hace falta un contrato de licencia con la organización nacional, que en España es GINETEX Spain).
  • Zallmann, M., Smith, P. K., Tang, M. L. K., et al. «Debunking the Myth of Wool Allergy: Reviewing the Evidence for Immune and Non-immune Cutaneous Reactions». Acta Dermato-Venereologica, 2017, 97(8), pp. 906–915 — texto completo.
  • Zhang, S., Chen, C., Duan, C., et al. «Regenerated Cellulose by the Lyocell Process, a Brief Review of the Process and Properties». BioResources, 2018, 13(2), pp. 4577–4592 — texto completo en PDF.
  • McQueen, R. H., Harynuk, J. J., Wismer, W. V., et al. «Axillary odour build-up in knit fabrics following multiple use cycles». International Journal of Clothing Science and Technology, 2014, 26(4), pp. 274–290 — doi:10.1108/IJCST-05-2013-0064.

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